May 3, 2026

El regreso del Jacksonismo

El regreso del Jacksonismo
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El regreso del Jacksonismo

En este podcast, hecho sobre un texto para el periódico El Tiempo analizo más allá de mi propio fanatismo por Michael, las razones por las que el frenesí, bautizado por el filósofo Mark Fisher en 2014 como 'Jacksonismo', superan cualquier lógica de justicia y la visión colectiva de un icono extraordinario triunfa sobre las sombras que alguna vez amenazaron con destruir su legado artístico.

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Transcript

La película de Michael Jackson y el regreso del “jacksonismo”

Al inicio de ‘Michael, la película’, vemos a Joseph Jackson (protagonizado por el actor Colman Domingo) decir a sus hijos durante una sesión de ensayos: “hay dos tipos de personas en el mundo: los ganadores y los perdedores." 

 
"Ustedes qué son?", pregunta con tono amenazante el colérico e infame patriarca de la familia Jackson. 
"Ganadores", le contestan con timidez. 
"Qué son???" repite, alzando la voz. 
"GANADORES." 

La frase, como podría esperarse de cualquier película que funciona más como homenaje que como biografía, no es un invento: está registrada en “Michael Jackson: la magia, la locura, la historia completa”, de J. Randy Taraborrelli, probablemente el documento histórico más contundente sobre la vida del Rey Del Pop.

Taraborrelli conoció a Jackson cuando el primero era el presidente del club de fans de Diana Ross. Taraborrelli pasaba con frecuencia a la mansión de Ross a llevarle las cartas que le enviaban sus fans y con frecuencia, quien abría la puerta era Michael. Ross, la diva más grande de Motown Records, estuvo encargada de Michael a su llegada a Los Angeles, ya que la orden de Joseph a su Katherine fue que se quedara en Gary mientras los Jackson 5 se instalaban en la ciudad y que cuidara de Rebbie, LaToya y Janet mientras tanto. 
Durante décadas, Taraborrelli en múltiples ocasiones entrevistó al brillante músico, desde que  Jackson recién llegaba a Los Ángeles a cumplir sus obligaciones contractuales junto a sus hermanos, los Jackson 5, con el sello Motown Records, a mediados de los años sesenta, hasta bien entrados los años ochenta, cuando su genialidad y virtuosismo lo dispararon a una estratósfera de éxito nunca antes vista en la historia de la música. 
En una de las primeras conversaciones que Taraborrelli tuvo con la súper estrella en desarrollo, Michael le contó esta anécdota, que sirve en la película como base narrativa para contar la historia de su carrera en esta película, que repasa esos inicios humildes y su difícil e inexistente infancia en Indiana y finaliza - con la promesa de una secuela - en el comienzo de la gira de su álbum ‘Bad’, en 1988.

‘Michael: la película’ arrasó en la taquilla durante su primer fin de semana: recaudó 217 millones de dólares. Según los medios especializados en cine, la cinta dirigida por Antoine Fuqua ocupa hoy el primer lugar de las películas biográficas basadas en estrellas de la música.

El asombroso recaudo de ‘Michael’ en taquilla sucedió venciendo a las múltiples reseñas negativas que la prensa dio a la película. En la página Rotten Tomatoes, que recopila las críticas de cinéfilos, portales y periódicos mundiales, un total de 243 reseñas promedian un 37 por ciento, mientras que más de 10 mil reseñas del público han sido consignadas, dándole un 97 por ciento de aprobación, y convirtiéndola así en la película mejor criticada por la audiencia en el género de los biopics contemporáneos.

Muchas de las críticas negativas sobre la película nacen de la inconformidad de medios y expertos al no abordar la historia “completa” del Rey Del Pop, especialmente el capítulo amargo de las múltiples acusaciones en su contra por abuso de menores en el transcurso de 17 años.

La omisión de las acusaciones - que continúan hasta el día de hoy (El New York Times publicó nuevas denuncias en su edición del pasado sábado) - no han detenido el reavivamiento del fenómeno que el filósofo, escritor y crítico Mark Fisher bautizó como ‘Jacksonismo’: un irrefrenable síntoma de la sociedad moderna, precursor del FOMO (Fear Of Missing Out), sentó las bases de las relaciones parasociales de los “armys” (ejércitos de fans actuales) con los artistas que idolatran, y finalmente convirtió a Jackson en una figura imprescindible de la cultura moderna, y a sus seguidores, en el producto más rentable del pop.

Lo que ‘Michael: la película’ deja claro - quizás sin proponérselo - es que el jacksonismo nunca se fue. Al alejarse del lado oscuro de la vida del artista, la película se convierte en una experiencia emocional y en un espectáculo colectivo que es, a su vez, una narrativa cerrada, no solo por su idealización del personaje, sino porque traslada el conflicto entre ser humano y obra artística hacia la identificación de las masas con un fenómeno extraordinario.

‘Michael, la película’, no se trata de lo que pasó, sino de lo que el público decide sentir frente a lo que ve: la creación del disco más vendido de todos los tiempos, recreada con el perfeccionismo con que Jackson y su productor Quincy Jones concibieron ‘Thriller’; la mágica aparición del 'Moonwalk' durante la celebración televisada de los 25 años de Motown Records; el compromiso con el baile como parte esencial de su legado y su constante estudio de James Brown y de Fred Astaire; su meticulosa atención al detalle y su generosidad artística en las sesiones de ensayo de las coreografías; su fascinación con el terror y sus luchas de poder contra MTV, que transformaron para siempre el mundo de la música.

La crítica se equivoca al decir que 'Michael’ carece de fondo porque omite cosas - y la película omite muchísimas cosas que pudieron ser claves para darle un sentido más histórico: su estudio de artistas como David Bowie y Marcel Marceau, por ejemplo, no son parte de la historia del "moonwalk" que vemos en ella; tampoco están Diana Ross, a quien Jackson veneraba por su elegancia y disponibilidad para cuidarlo y convertirse en su madrina (el primer disco de los Jackson se titula "Diana Ross presenta a los Jackson 5). Tampoco aparece Eddie Van Halen, el guitarrista de rock que prácticamente le regaló "al muchacho negro" - como lo dijo en una entrevista - el famoso solo de 'Beat It' a petición de Quincy Jones, ni  la sagaz compra del catálogo musical de los Beatles. 
Nos quedaríamos una eternidad hablando de las cosas y las personas que no aparecen en la película para satisfacer a los críticos. Pero el asunto es que 'Michael' no es simplemente una omisión o una evasión: es una decisión editorial cuidadosamente diseñada. De manera que no estamos ante un descuido narrativo, sino ante un ejercicio de control. 
La historia que se cuenta en ella es la que se puede monetizar sin fricción. No en vano aparece el apoderado del legado musical de Michael, el abogado John Branca, interpretado por el actor Miles Teller (‘Top Jun: Maverick’, ‘Whiplash’), como salvador e intermediario entre él y su temido padre. Aunque también hay que decir que, a diferencia de lo que muestra la película, Michael no le tenía miedo a Joseph, pero sí lo odiaba. 

Y es aquí donde el papel de Branca y John McLain - líderes y dueños del legado discográfico de Jackson - es determinante. Aunque McLain no aparece en la película, tanto él como John Branca no solo han administrado durante décadas uno de los catálogos más lucrativos de la historia de la música, sino que han entendido que el verdadero activo de Jackson no es la música como tal, sino el mito detrás de ella. Y el mito, como lo demuestran las cifras de ‘Michael, la película’, no tolera las contradicciones.

Por eso funciona tan bien ‘Michael’: porque aunque Fuqua, su director, aseguró que las escenas que abordaban las acusaciones contra Michael Jackson se filmaron, pero fueron retiradas de la película por cuestiones legales, es muy probable que no tuviera mucha intención de resolver la tensión creada por las mismas en el imaginario popular. Al eliminar dicha tensión, Jackson es un genio precoz, un estudioso del baile, un filántropo incansable, una víctima de un padre abusivo.
Hay que decir también que los abogados de Jackson no solo argumentaron que no podían hablar de las acusaciones en la película de Fuqua, sino que según TMZ, también decidieron aumentar los ingresos del reconocido director para poder llevar a cabo la edición correspondiente.   

Más allá de la eliminación de la ambigüedad que podía leerse de ese encuadre histórico, es más inquietante que en una cultura saturada de información, la audiencia esté dispuesta a aceptar una versión simplificada y brillante de la vida y obra de Michael Jackson, siempre y cuando ofrezca una experiencia emocional más clara. En ese sentido, “el jacksonismo” sigue siendo una lógica vigente, en que el artista deja de ser una persona para convertirse en un significado colectivo, y su infancia, más que un hecho biográfico, es una herramienta simbólica que permite justificar, explicar o incluso neutralizar las piezas que no encajan dentro de esa historia.

Aquí aparece la ironía de la película: Jackson construyó su carrera apelando constantemente a la infancia: la suya, la del público, la de un mundo idealizado donde la música constituía un refugio. Décadas después, esa misma idea de infancia sigue siendo su escudo, su lenguaje común y su conexión más potente.

En el mismo libro de J. Randy Taraborrelli hay una escena que la película decide no mostrar: mientras Michael Jackson y Quincy Jones escuchaban la mezcla final de Thriller, Jones —preocupado por las expectativas desmedidas de su pupilo— le sugirió que debería darse por bien servido si el álbum vendía algunos millones de copias más que Off the Wall. Para cualquier artista, éste había sido un comentario razonable. Pero para Michael Jackson fue una traición.

Cuenta Taraborrelli que el cantante abandonó el estudio llorando luego del acalorado intercambio, en el que estuvo presente John Branca, quien aún no era su manager en aquel momento, pero ya era su abogado. Horas después, tras intentar contactarlo infructuosamente por teléfono, Branca recibió una llamada de Michael en la que le pidió que despidiera a Jones. Aturdido por la petición, y convencido de que Jones tenía tanto que ver en 'Thriller' como Michael mismo, el abogado intentó persuadirlo de que descansara y que tomara la decisión más tarde. Jackson insistió en lo contrario. No quería volver a ver a Quincy. Branca intentó calmarlo una vez más. Tras unos segundos de silencio, exhausto, Jackson le dijo al abogado una frase que no le pertenecía del todo, pero que ya lo definía:

“Branca”, le dijo, con enfado: “en la vida existen dos tipos de personas: los ganadores y los perdedores. Tú qué eres??”

Y colgó el teléfono. 
Esa escena —verídica, documentada y profundamente reveladora— contiene más verdad sobre Michael Jackson que muchas de las dos horas de ‘Michael’. En ella no hay redención, ni montaje, ni control de daños. Hay ambición y fragilidad en su estado más puro. Una idea del mundo donde no existe el matiz. Y ese es el mundo de Michael Jackson.

Quizás ese era el riesgo que la película no estaba dispuesta a correr. Porque mostrar a Jackson no solo como víctima o como mito, sino como alguien capaz de romperlo todo en nombre de una visión imposible, habría obligado a enfrentar la contradicción central de su legado.

Y el “jacksonismo”, como toda religión cultural, o como todo “ismo”, pasado, presente y futuro, no se construye sobre contradicciones. Se construye sobre certezas